domingo, 20 de abril de 2008

De pronto los columpios están vacíos


Este es un texto que escribí en el 2005 para un periódico que ibamos a lanzar con mis compañeros de KIPLO, qué buenos tiempos. El periódico finalmente nunca fue lanzado.

Hola, ¿mi nombre? Eso no importa, ¿a quién le importa? Ni a mi sombra le importa. Mas antes de cerrar los ojos quisiera compartir mi historia con ustedes, compartir con ustedes esas tardes sin término y aquellas frías noches que me cubrían hasta los huesos…bueno aquí vamos, sólo llámenme olvidado, hoy cumplí 15 años, vengo de una familia muy pobre y es por eso que desde hace muchos años debo salir a las calles cada mañana para ayudar a mis padres con los gastos del hogar, la verdad es que mi vida ha sido muy dura, pero he tenido que aprender a soportar vivir de esta forma, porque es esto lo que me ha tocado simplemente. Ayer me ha pasado algo, que jamás me había ocurrido, un señor se detuvo especialmente para conversar conmigo, me contó que yo tenía unas cosas, creo que se llamaban derechos, que eran importantes porque los primeros años de una persona son fundamentales para el resto de su vida, me dijo que los niños tenemos derecho a no ser discriminados por ninguna razón, ya que todos nacemos libres e iguales en derechos y dignidad, y yo pensé: eso no es verdad porque he visto que muchos niños tienen una infancia basada en la armonía y en su sano desarrollo, niños que son felices y su única tarea es jugar. Mi caso es radicalmente diferente, yo no he tenido oportunidad de jugar nunca en mi vida, yo debo sudar día a día, arriesgando mi vida cada minuto, y exponiendo mi inocencia, ya perdida, a una fría realidad. El señor insistía, ahora me hablaba de que los niños tenemos derecho a asistir a la escuela, colegio o liceo y terminar los años de estudio, aprender y desarrollar al máximo nuestras capacidades, en un entorno de respeto y sana convivencia, y antes de que le pueda responder algo me dijo que también tenía derecho a la no explotación, es decir, que mi infancia no la debía pasar trabajando para nadie, mi reacción fue de risa, pues aquel señor realmente estaba loco, lo que hablaba no tenía sentido, no concordaba con mi realidad. Pero al poco rato lloré. En mis lágrimas se reflejó la frustración de no vivir como debiera, porque en el fondo yo sabía que la vida que llevaba no era sana y que miles de niños en el momento que yo estaba trabajando, asistían a jardines o escuelas, jugaban, vivían.

El señor me había dejado pensando toda la noche, y fue tanta la reflexión que hasta se me olvidó el frío diario que tenía que soportar cada noche, que estaba expuesto a violadores, y gente mala, en general. Lloré toda la noche, por qué tengo que vivir así, yo también tengo dignidad, yo también tenía esos derechos pero esta sociedad me ha dado la espalda de la forma más cruel, estoy abandonado en la frustración, la impotencia y la injusticia. Es este maldito modernismo que sólo acoge a unos pocos, esta cosa llamada capitalismo me está matando a mí y a millones de niños en el mundo entero. ¡Y esto debe acabar ya! El capitalismo es sinónimo de libertad de capital y progreso, desarrollo, pero este desarrollo no es equitativo, es sólo para un grupo privilegiado explotador, y yo soy el resultado, una enfermedad social, el puro reflejo de un sistema bestial asesino.

Bueno esa era mi historia, tal vez a usted no le interesa, pero sólo lo necesitaba para desahogarme y de alguna forma despedirme de este mundo que me ha tratado tan mal, que me ha dado la espalda, que me ha traicionado, que se ha olvidado de mí.

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